domingo, 11 de septiembre de 2011

EL INTERROGATORIO


Una no debería fiarse jamás de personas como ese taxista sinvergüenza y degenerado que me ha traído hasta este aeropuerto inmundo –pensaba Lamarmar. Qué hijo de puta, qué cabronazo. No puedo ni creerme en el lío que me he metido prestando atención a su cháchara de mierda. Y ahora cómo le explico yo al policía imbécil éste, que un salchichón es un salchichón y nada más que un salchichón, fiambre para lonchear y comérselo. Por no hablar de mi amiga Margara, que en mala hora me mandó un correo pidiéndome por favor que le trajese dos salchichones de Mercadona marca ElPOZO. Me veo sumida en una situación kafkiana, estoy aterrorizada, me han acusado de contrabando y estoy en Oriente Medio, aquí ningún occidental corriente vale nada y mucho menos una mujer, esta gente nos desprecia.

 Traigan a la detenida que vamos a proceder nuevamente a interrogarla. Supongo que no la habréis permitido que duerma ni tenga silla para sentarse. No señor, en todo momento se ha seguido las pautas que usted ha ordenado señor comisario –respondió su ayudante. Voy a por ella con su permiso. ¡Espere Haruk! Interrumpió el comisario. Mejor piense en algún ardid para que la mujer se derrumbe. Eso impresiona mucho a los occidentales y los ablanda. Rió maléficamente.

 Esposadas las manos atrás, Lamarmar Pons fue conducida con un pañuelo en los ojos hasta la parte trasera de un vehículo donde la trasladaron por espacio de unos 15 minutos, por lo incómodo, ella podría asegurar que se trataba de un vehículo militar Land Rover, hasta ser entregado a otras personas que la encerraron en lugar que no podía ver pero que era muy caluroso. Ella no sabía que en realidad no se habían movido del aeropuerto, aunque sí habían preparado la añagaza de subirla al viejo Land Rover del primo de la mujer del comisario. Como las instalaciones aeroportuarias eran ultramodernas y todas ellas estaban provistas de aire acondicionado, al ayudante, muy aficionado al género negro, se le había ocurrido usar un bidón vació de líquido anticongelante para los aviones y arrojar en él un par de pallets de madera para quemarlos, consiguiendo así un calor inmenso que la detenida sufría. Como todo estaba muy limpio, decidieron que el interrogatorio se produjera en todo momento con los ojos vendados, para que no descubriese la marrullería que se le preparaba.

 Bien señora, le recuerdo que está usted en una complicada situación. Sepa que al no haberse sellado su pasaporte de entrada en el Líbano, el gobierno de mi país no es responsable de usted en ningún momento, podríamos decir que se encuentra en ese extraño lugar al que los cristianos llaman limbo.

Usted no existe. Dígame nuevamente con qué intenciones ocultaba dos salchichones en su maleta facturada. Y dicho esto miró a su ayudante sonriendo irónicamente. A la pobre Lamarmar no le salía la voz, sudaba copiosamente y las esposas le hacía mucho daño en las muñecas. ¿No va a contestarme señora Pons? Le recuerdo que tenemos mucho tiempo. Dicho esto, ordenó a Haruk que echase más leña al bidón. El calor era agobiante. Pues mire señor policía… -¡Comisario, diríjase a mí como señor Comisario, la policía no es democrática señora y creo que ya lo está comprobando!

 Los salchichones me los ha pedido mi prima Margara. –Bien, ya parece que nos está dando los nombres de sus cómplices. Anote Haruk. El teniente Haruk siempre hablaba en hebreo, mientras el comisario lo hacía en inglés o español según le interesara. Margara. ¿Dónde podemos encontrar a Margara? ¿Sabe que para el pueblo hebreo todo alimento que no kosher es una provocación a nuestros ritos que no vamos a tolerar? ¿Creía que nos preocupaba que pudiese introducir sustancias psicotrópicas? Nuestros sofisticados sistemas de detección saltan precisamente en el momento en que las cosas son lo que parecen.


Tras untar con casi 3.000 dólares y 800 libras esterlinas a un par de policías, Ripley supo que Lamarmar se encontraba detenida en algún lugar del país. Así las cosas, se veía obligado a informar a la compañía de la situación y solicitar ayuda del consulado, de otra manera la operación habría fallado.

CONTRABANDO DE FIAMBRES


¿De esa chica qué? –Dijo Robert McDowell Parker, bien acomodado en el asiento trasero del flamante Jaguar XJ gris alquilado, mientras miraba con asco las calles de la que fuera no hace demasiado tiempo la Suiza de Oriente Medio. –Pues en cuanto lo deje a usted en su suite del Phoenicia Beirut, pasaré a buscarla al aeropuerto señor. Por mis cuentas debe aterrizar en poco más de una hora, creo que me dará tiempo, aquí los días son largos en esta época del año. A propósito, Sr. Parker, cuándo debo recoger a Peggy. –¿A Peggy dice? Déjela, esa pelirroja es como una gata en celo, dudo que esta noche vuelva al hotel Una mueca de sorna se dibujó en la cara de Ripley. Estaba preocupado por la pareja de ancianos que en todo momento estuvieron cerca del catador, pero sin abordarlo en ningún momento, cuando le habían dejado dos llamadas en las últimas tres horas, ese detalle le pareció muy extraño. En cuanto pudiera, revisaría todo lo que había hablado Parker en la recepción. 
Desde que la azafata transmitió, por la megafonía del avión que pusieran los respaldos de sus asientos en posición vertical y se abrochasen los cinturones, no había transcurrido más 8 minutos y ya Lamarmar, recogía su maleta Samsonite roja, del compartimento superior de su asiento. Fuera, Ripley esperaba en la zona designada por el cartel INTERNATIONAL ARRIVALS a que ella saliese.Tras un laberinto de puertas, Lamarmar se sorprendía al no localizar su otra maleta, la facturada. La cinta transportadora únicamente traía una caja de madera con una etiqueta de frágil. Resignada, preguntó a quién parecía ser un empleado sobre su equipaje perdido. La persona lo miró y le dijo que si tenía el comprobante y ella se lo facilitó. Sonriendo, el empleado le indicó que la siguiera y le señaló una puerta con el rótulo Lebanon Police. Ella intentó decirle que buscaba su maleta perdida y él, sonriendo, señaló que entrase y se marchó.
Aquí dice –leía en el pasaporte- que es usted Lamarmar Pons. ¿Es cierto esto? –Sí señor, pero yo vengo por mi maleta, el justificante está en el pasaje que tengo aquí. No se preocupe –dijo el policía, la tenemos nosotros. Su equipaje no se ha perdido. Lamarmar respiró aliviada. Pero hay algo que no entendemos. Usted afirma dedicarse a las relaciones públicas, es uruguaya, nacida en Montevideo y trabaja en España. ¿Dónde? Ah, sí, en Madrid. ¿No es cierto? –Efectivamente. Vengo a una convención en el Four Seasons Hotel. El policía cambió su tono y de forma muy seca la interrogó. ¿Cree que no íbamos a detectar las sustancias que usted ha introducido ilegalmente en nuestro país? ¿Considera que casi 3 kilos cuyo contenido por el momento está por determinar, envuelto en dos sospechosos envases que huelen a cerdo y, están etiquetados como salchichones EL POZO pasarían inadvertidos? –Pero oiga usted. –Calle, todo lo que diga puede ser utilizado contra usted, tiene derecho a un abogado, si tiene recursos le facilitaremos una relación para que elija al que desee, de no ser así el estado lo proveerá. Mientras tanto, está usted detenida con el cargo de contrabando de salchichones. En un par de horas podrá efectuar una sola llamada de 5 minutos, piense a quien llamará. Ripley no daba crédito a la tardanza, el avión procedente de Lufhansa había aterrizado hacía ya más de una hora, no quedaba nadie. En el mostrador de la compañía, una empleada le confirmaba que Lamarmar Pons había llegado a Beirut

MR PARKER EN EL ROTARY CLUB



Parker tras levantarse de su silla, comenzó a pasear de izquierda a derecha del paraninfo, para decir –permitan que use la siguiente analogía: si Almodóvar es a Carmen Maura como Diane Keaton es a Woody Allen, del mismo modo, podemos penetrar en el alma de una zona vinícola o de un país entero, llenando una copa de vino y tratado de comprender  su alma. Esta labor, me ha ocupado la mayor parte de mi vida y por ello, debo agradecer al vino, haber viajado casi por todo el mundo, para explicar a otros que no han tenido tanta suerte, que vista, olfato y gusto cuando se alían, mis compañeros usan el vocablo maridan que no me gusta demasiado, consiguen desentrañar la mayoría de los misterios.


 Un cerrado aplauso del casi lleno auditorio coronó la conferencia del catador y también, despertó a Ripley que medio dormitaba en la última fila. Posteriormente, el Chairman del Rotary Club de Beirut, imponía la insignia de oro al laureado catador conferenciante.


 Unas cuatro horas antes, Lamarmar debería haber acabado de aterrizar con Ryan Air en Hannover, para desde hace un par de horas, estar ya volando con Lufhansa, dirección al aeropuerto internacional Rafic Hariri, gracias a las malas artes que su cómplice Ripley había utilizado con Robert McDowell Parker, al ser conocedor de su manifiesta xenofobia con los musulmanes y alentando, su querencia a las damas  sin demasiados escrúpulos. Entre ambos, habían contestado al anuncio que el americano había publicado en The New York Times, solicitando compañía con refinados gustos y amplios conocimientos de idiomas.





Ripley miró su reloj y sonrió. Ahora pasarían al lobby para que se sirviese el cóctel en honor de Parker. Oportunamente, ya había colocado en el cinturón de éste un micrófono que estaba conectado a su PDA. Al parecer, un par de intentos por parte de una sospechosa pareja de ancianos, habían intentado hablarle sobre los riquísimos caldos israelíes

DESTINO BEIRUT


Tras darse a conocer, el catador de vinos volvió sobre sus pasos, no sin mirar antes a Peggy y asentir con la cabeza. La chica del mostrador le siguió a pesar que él no le había indicado nada. El camarero le dirigió una tierna sonrisa y también le dijo –Nos vemos luego Lamar. Ella se llevaba su copa de Dry Campari en la mano izquierda, mientras, con desgana, recogía su bolso negro del mostrador. En él llevaba, un paquete arrugado de More con algunos cigarrillos dentro, un pintalabios rojo, dos tampones, preservativos y lubricante, un cepillo para el pelo, gorrito de ducha, chicles de canela, las llaves de su apartamento, un encendedor Zippo, pañuelos desechables, su carné de conducir con unos 40 dólares, un perfumador de Opium y su revolver Smith & Wesson 625 con algunas balas sueltas. En su negocio consideraba fundamental sentirse protegida y además, el vendedor le había asegurado que si efectuaba un disparo a menos de 3 yardas de distancia, aunque le temblase el pulso su oponente no volvería a atacarla, para ello le había vendido munición explosiva.







Ripley se fiaba poco de Peggy pero mucho menos del americano, por ello seguía recostado sobre su taxi inglés a la puerta del Ritz, tratando de esquivar como podía a los guardias municipales de Madrid, que de vez en cuando pasaban por allí tratando de impedir que se estacionasen en la puerta. Pocos podían pensar que había vuelto a la acción. Se sospechaba que Robert Mc Parker era un espía del Mosad y su misión era acompañarlo sin ser descubierto. Washington ya no pretendía enterrar a más héroes sino exclusivamente información. Dentro su contacto estaba realizando el oficio que tan bien conocía.


Lamar tras ventilarse al americano sin mayor trámite, entró en el cuarto de baño, duchó y arregló el pelo y perfumó muy suavemente. En cierto momento, había deslizado la mano en la chaqueta de su cliente y leído que su próximo destino era Beirut, esa información le proporcionaría 300€.
El catador tras comprobar que el Ritz de Madrid podía compararse con cualquier hotelito decente de Manhattan, eligió su pantalón a grandes cuadros, se decidió por el elástico que solía usar cuando jugaba a golf. Lo descolgó y se lo puso, consideró que un toque casual le vendría bien cuando entrase en el comedor a cenar.

Cuando Peggy lo vio aparecer bajo el dintel del lobby, no pudo más que escudarse tras la voluminosa carta del menú ni ocultar una sonrisa. Este hombre no aprenderá nunca –se dijo-, en Idaho nadie se atrevería a ponerse traje y no cubrirse con una gorrita.

El americano, muy lentamente, trató de ubicarse en aquel grandioso salón, reconoció haber minusvalorado el establecimiento hotelero. Y en ello, fue a fijarse en una bella mujer que bebía un Dry Campari, vestida de blanco y recostada sobre el mostrador. El camarero parecía conocerla bien.

Seguro que es ella –dijo Robert Mc Parker, Jr. Y hacia ella dirigió sus pasos. La abordó abruptamente: Oye tú ¿eres la chica que envía la compañía? Lamarmar se volvió muy lentamente sin dejar de sonreír al camarero y asintió bajando los ojos. De dónde habrá salido este fantoche. Su traje dejaba entrever buenas tetas que ella no trataba de ocultar en ningún momento, al fin y al cabo eran el mejor escaparate de su negocio.
 



Dedicado a Lamarmar

PROPAGANDA




El recepcionista quiere que le entregues el pasaporte para realizar la inscripción en el hotel –le dijo Ripley a Peggy. Ella los miró a ambos y negó con la cabeza. Ripley enarcó las cejas y se dirigió al joven, que estaba tras el mostrador, para indicarle que no todos los americanos eran así de tontos.

Mira Peggy y atenuó su voz para tranquilizarla, el joven necesita tu pasaporte para cumplimentar el registro de entrada. Conozco el país y es muy tranquilo, ya quisiéramos en América vivir con el sosiego que esta gente tiene, pero eso no la convenció. Decidió entonces pasar al ataque.

No pasa nada –se volvió para el chaval, tú tranquilo. Son tontos pero al menos traen dinero, así que le sacaré una manta y que duerma en mi taxi. ¿En el taxi va a dormir la señora? Pero si tiene una reserva que hizo un tal, déjeme ver, ah sí, pues fue ella misma y yo la atendí, llamaba desde Orense. Así son las cosas –sonreía El patrón- cuando mañana se levante y le duelan todos los huesos quizás aprenda. ¿Pero qué le ocurre? -Pues muy sencillo chaval que vio la película El expreso de medianoche y cree que cuando te entregue su pasaporte, será raptada y la llevarán a un cárcel inmunda. Pero –la mano del taxista se levantó e interrumpió al recepcionista, -no podemos cambiar en un momento lo que la propaganda ha tardado muchos años en labrar en su cabeza.

TAXI A MADRID SPAIN


Peggy S. Stewart todavía recordaba al chico pelirrojo que tras comprarle una lata de Dr. Pepper y palomitas, la acomodó en los asientos traseros del Ford Pinto de su madre durante una sesión en el cine de coches. Se llamaba Joe. Desde entonces, cada vez que ve un Ford sonríe maliciosamente y además, ese mismo chaval, es culpable de haber tenido que abandonar el instituto de Sausalito. 


Meses después tuvo a su hija Deirdre. A Peggy nunca le interesaron los vinos pero de algo tenía que vivir, así que un buen día se puso su blusa escotada y la falda planchada más corta que tenía su hermana y se presentó en la oficina de Robert McDowell Parker, Jr. Le pareció ridículo que este tipo ganase tanto dinero viajando por el mundo y luego valorando sus catas.




 En este momento volvían Mr. Parker y ella de un pueblo de Orense, llamado Valdeorras, en el taxi inglés de un tipo muy peculiar apodado Mr. Ripley El Patrón que le miraba las piernas por el espejo retrovisor, mientras ajeno, su jefe dormitaba camino de Madrid. Recordó nuevamente al chico pelirrojo y abrió suavemente las piernas.