jueves, 28 de septiembre de 2017

MEMORIA SELECTIVA

La memoria es selectiva y contra todo pronóstico, recordamos no como ocurrieron las cosas sino de manera que las sentimos y nos afectaron, así los acontecimientos supuestamente trascendentales, se nos muestran por las anécdotas o por aspectos que a otros resultan intrascendentes.
Recién cumplidos los 26 años, me veo subido a un tren dirección Barcelona, sentado en uno de los asientos de eskay situado a la derecha de uno de sus vagones, cuando vuelvo la cabeza y miro por la ventana, discurren frente a mis ojos un mar de olivos interminable, sonreía y el paisaje me evocaba los versos de Machado: Campo, campo, campo. Y entre los olivos, los cortijos blancos. Sonreía, comprobando que el poeta había realizado la mejor fotografía que de Jaén pueda hacerse. Es posible que la intentara el gran Kappa, pero como la del poeta sevillano ninguna. Sonreía y no tenía motivos, en el asiento del otro lado del pasillo, dos amados ancianos me miraban con la expresión de mayor preocupación que nunca les viera.
Recuerdo la única y brevísima pelea que ocurrió en nuestro kiosko cuando era un niño. Llegaron dos personas –mi madre, desde el ventanuco de la cocina, tras mirarlos me mostró su desagrado-, hacía mucho calor ese día y puede que fuese un domingo a media tarde. La mayoría de los clientes se estaban bañando. A pesar del calor sofocante pidieron copas de vino, se las serví, del más fresco que tenía. Parece que se nos esperaban beber algo tan bueno y agradable, creo que uno de ellos sonrió y comentó algo, pidieron otra ronda. Venían impecablemente vestidos y entraron por nuestra izquierda, ni por la carretera trasera ni tampoco por la orilla, llegaron atravesando aquel desierto de arena ardiente, calentado implacablemente por el sol durante semanas y eso sí era muy extraño. Esto último es una deducción actual porque no aparece en mi recuerdo. Cuando el fresco de los esterones y cañizos, sumado al muy suave y magnífico buquet del Pálido I de Bodegas Cuvillo, y quizás también, al relajado ambiente y limpieza de nuestro local se relajaron, uno de ellos me dijo que venían de la Fiscalía de Consumo de Sevilla. En casa se hablaba habitualmente de tal Fiscalía que nos obligaba a realizar tareas ridículas casi siempre y en alguna ocasión incluso estrafalarias, como tener agua corriente en la playa de La Puntilla, cuando en ésta no existía tal servicio ni tampoco electricidad, pero la picaresca supera la mayoría de los contratiempos y un conocido de mi padre -que era fontanero muy simpático-, le instaló un depósito de uralita en el techo de una de las casetas traseras de la cantina y, taladró un boquete en uno de los tableros, del depósito conectó un tubo de plástico –por entonces tales tubos se usaban muy poco- a un grifo de bronce que apareció por arte de birlibirloque en mi mostrador. Todos nos quedamos boquiabiertos, luego se fue hacia atrás llenó el depósito con varias garrafas de una arroba de agua y, del grifo salía agua corriente. El fontanero que no paraba de reírse, decía: -Pedro, ya tienes agua corriente. Mi padre no sabía si aplaudirle o enfadarse con él. Pero ambos se apreciaban mucho y el amigo convenció a mi padre. Pero volvamos a los dos de la Fiscalía de Sevilla, cuando ya se habían bebido varias copas, me pidieron que les mostrase la botella de las que estaban bebiendo y yo lo hice. Me preguntaron la marca y también se lo dije. Insistían en esto y lo otro, estaban sorprendidos porque cada vez que les servía les ponía copas limpias y retiraba las usadas para fregarlas concienzudamente con el agua de mi grifo de bronce. No daban crédito, teníamos agua corriente. Como por este detalle al parecer no podían multarnos, los inspectores –que además eran unos borrachines- buscaron otra infracción. Me preguntaron por los vinos que servía y yo que era un niño de unos 10 años, mis hermanos hacían la mili, uno en el Minador Marte (Marín o donde se halle), y el otro en el Instituto Hidrográfico de Cádiz, por cierto, ese fin de semana estaba de franco de ría con nosotros, aunque en ese momento no se encontraba en el kiosko o al menos yo no lo veía. Que si las etiquetas, que si las precintas, que si las facturas, que si os vamos a meter un puro… Fue entonces, ocurrió en ese preciso momento, del paramento de cañizos situado a la izquierda de la cantina, donde teníamos las casetas número 1 y 2 asomó mi hermano mayor Manolo como una sombra, exactamente como en las películas de género negro y sin mediar palabra, le propinó rápidos golpes en la cara hasta abatirlos al suelo. Me quedé paralizado, no podía creerme lo visto. Aquellos hombres impecablemente vestidos, de mediana edad sangrando por las narices, balbuceando e incapaces de poder levantarse y mi hermano, en bañador de pie mirándolos muy fijamente. Uno de ellos creo que dijo que aquello no iba a terminar así, suficiente para que mi hermano nuevamente lo levantara por la camisa y le propinase otro puñetazo para añadir, -Procure usted que esto se quede aquí y no tenga que seguir, no los quiero ver por aquí más molestando a mi hermano chico y a mi madre, ya se pueden ir ustedes al carajo. En ese momento, mi madre salió de la cocina con paños húmedos y les lavó la cara para pararle la sangre que de alguna ceja o labio podía verse. Mi madre, que era lista como una duquesa, les dijo: -Mejor váyanse cuanto antes porque a este hijo mío no puedo controlarlo y no se olviden, que el daño se lo han hecho cuando se han caído borrachos. Ellos entendieron y como pudieron se fueron marchando. Yo permanecía dentro del mostrador como si estuviese en el patio de butacas del Teatro Principal de mi pueblo, pero ahí no acabó la cosa. Mi hermano los llamó y les dijo si no se olvidaban de algo mirándolos muy seriamente, así que uno de ellos se me acercó al mostrador y preguntó cuánto se debía, se lo dije y pagó. Mi hermano volvió a insistir: -Deje propina que los niños no cobran.
Lo dicho, la memoria es selectiva

lunes, 28 de agosto de 2017

lunes, 21 de agosto de 2017

LAS EXCÉNTRICAS DIETAS DEL DOCTOR PÉREZ


La mujer del médico se estaba preocupando al comprobar que los pacientes de su marido iban aumentando peligrosamente. Cada vez era mayor el número de ellos que llamaban por teléfono y la agenda era incapaz de atender a tantos y tantos casos.
Preocupada también por la actitud que mostraba en la consulta, ella era psicólogo clínico y enfermera diplomada, mantenía con satisfacción un estricto control de las historias clínicas, las mismas que custodiaba celosamente, porque éstas únicamente pueden consultarse con carácter profesional y deben mantenerse alejadas de ojos curiosos y cotillas. Tamborileaba con los dedos sobre su impoluta mesa de despacho y miraba de vez en cuando por el monitor para comprobar si todo estaba bien en la sala de espera. Dentro, en el despacho de su marido, éste atendía a una señora que rondaba la cuarentena, muy arreglada y de buen aspecto, consultaba para ver si el famoso médico conseguía reducirle un incipiente vientre que la tenía a maltraer porque era muy coqueta.
El doctor tras leer detenidamente la analítica de la paciente, la miró, se quitó las gafas y se dirigió a ella.
-Señora compruebo que sus constantes vitales son normales y como me comenta que ya visita casi a diario el gimnasio, no se me ocurre otra cosa mejor que prescribirle la dieta del lenguado. Como sabrá los lenguados son peces planos de aguas templadas que pertenecen a la familia de soleidos, orden pleuronectiformes. Precisamente el ser planos es lo que buscamos, lo puede cocinar de muchas maneras y es carne de sabor exquisito aunque algo caro respecto a otros. Estoy seguro que cuando vuelva a mi consulta dentro de 3 meses se habrá corregido con seguridad ese abultamiento de su vientre que tanto la preocupa ¿le parece bien?
-No sabe uste lo que le agradezco que haya considerado mi caso doctor, soy de esas mujeres que necesito gustar a la gente y que cuido escrupulosamente mi aspecto físico, por mi profesión de agente de relaciones públicas, debo mantenerme en el mejor estado posible.
-No se preocupe que la dieta le sentará de maravilla. Sale la paciente y su esposa hace pasar al siguiente. Se trata un joven en su treintena, muy atractivo pero paticorto.
-Bueno doctor, he venido porque me he enterado que es posible que por su mediación y sabios consejos consiga resolver la longitud de mis piernas.
-Desde que nos llamó he estudiado su caso y es posible que consigamos devolverle algo de altura en sus extremidades inferiores.
El paciente estaba encantado, sus ojos se llenaron de lágrimas y balbuceando se dirigió al doctor.
-¿Qué debo hacer?
-Tras consultar su caso el único remedio que encuentro es la dieta de la garza.
-¿La dieta de la garza dice usted?
-Sí, consumir ardeidas que son son una familia de aves pelecaniformes, del orden Ciconiiformes. Al ser aves zancudas, y algunas especies llegan a medir hasta 85 cm de alto. Se alimentan de peces, crustáceos y pequeños anfibios, y tienen como hábitat las zonas pantanosas o cercanas a los lagos de todo el mundo. Su carne si se aliña convenientemente le irá modificando su estructura ósea y sus huesos se alargarán. El único inconveniente está en que estas aves tienen un alto nivel de protección debido a esa plaga llamada Ecologista en Acción, pero si se traslada usted a los humedales africanos, cuando vuelva no medirá menos de 200 centímetros.
-¿Doscientos centímetros?
-Así es.
-Le prometo que sólo comeré garza durante 3 ó 4 años de eso me encargo yo. Se levantó pasó por el ante despacho donde estaba la enfermera y pagó la minuta del doctor que era una cantidad nada despreciable.
El teléfono no cesaba de sonar, la mujer del médico debía interrumpir sus terapias continuamente y anotar nuevas citas para su esposo. En cierto modo sentía celos, ya que aunque no le faltaba clientela, la de su marido era desproporcionadamente grande comparada con la suya, así que durante el almuerzo se lo espetó sin miramientos.
-Mira Paco, no vayas a pensar que no me alegro de tu éxito como médico por muy excéntricos que sean tus tratamientos, lo cierto y verdadero, es que tus pacientes progresan así como tu fama, pero sinceramente te deberás ocupar de recoger los recados porque mis pacientes se incomodan con tantas interrupciones. ¿Te parece si contratamos a una auxiliar de enfermería que se encargue de estos aspectos?
-Pues no me parece mal Carmela. Llamaré a una de esas nuevas empresas llamadas E.T.T.
-¿Eteté y eso qué es?
-Son empresas de trabajo temporal, se contratan los servicios que uno quiera y ellas se encargan de todo, son todo eficiencia, algunos las llaman la octava maravilla del capitalismo. Tienes como empresario a trabajadores que te obedecen ciegamente, cuando en realidad los tiene contratados otros, si hacen algo mal no se tiene necesidad de preocuparte, llamas a la central y ellos se encargan de todo, si enferman ellos los despiden, si son mujeres y se quedan embarazadas también lo hacen, obtienes sus plusvalías pero no te comprometes respecto a ellos en nada.
-Lo que no invente el neoliberalismo Paco. Dijo Carmela, su mujer. -Qué cosas. Decidido encárgate.
Carmela decidió citar a los paciente a horas concretas y así mantener vacía la sala de espera, éstos entraban por una puerta y salían por otra, ninguno de ellos se veía. De pronto una llamada a su teléfono móvil le sorprendió. El número que la emitía aparecía como oculto. No la respondió. Volvieron a insistir y tampoco lo hizo y así durante una hora. Carmela estaba atendiendo a un hombre que consultaba por tener fobia a los patitos de las casetas de ferias...
-¿Cree que mi fobia es muy rara?
-¿La fobia a los gatitos?
-Sí.
-Pues mire, aunque le parezca inverosímil, ya está documentada esta pulsión negativa en tratados y documentos del Dr. Frëud. -Mintió la psicólogo, que ya lo hacía con toda rotundidad, visto el éxito que su marido estaba obteniendo prescribiendo los remedios más extravagantes y sin haber sido probados ni documentados en los anales de la Medicina.
-¡Qué me dice usted! Respondió el paciente sorprendido. Nada menos que Frëud.
-Hágame caso. Supongo que tendrá ordenador. -El paciente asintió con la cabeza. Bien, hagas búsquedas constantes de casetas de feria en internet e imprima todas las páginas sobre este apasionante asunto, una vez las tenga, las agrupará y en la Thermomix, vuelca un litro de agua de Vichy, sobre ella irá vertiendo las páginas y le da al programa largo. Al resultado le añadirá 6 tomates de pera bien duritos, un pimiento verde y un diente de ajo y 4 cucharadas de aceite de oliva. Lo pone en la nevera y se lo va tomando de cuando en cuando.
-¿Que muela las páginas impresas de internet en la Thermomix con el gazpacho?
-Efectivamente es usted muy inteligente, lo ha cazado a la primera, hágame caso. El paciente de Carmela se levantó sorprendido, pagó la minuta a la auxiliar y ésta solícita le mostró el camino hacia la calle.
Las cosas no podían ir mejor, el boca a boca se propagó primero por la ciudad y luego por el país. En ese momento llamaron a la puerta y apareció una mensajera con un sobre dirigido al Dr. Pérez. Tras abrirlo, descubrió que se trataba de una consulta urgente de Penélope Cruz que pedía ser vista con toda premura, ya que sus llamadas no eran nunca respondidas. Aceptó. Al día siguiente P estaba sentada frente al Doctor Pérez. Monísima y con esa sonrisa a la que Hollywood se ha rendido perdidamente.
-¿Qué puedo hacer por usted? Me sorprende su visita porque es precisamente icono en el que las mujeres se miran y se ha convertido en objeto de deseo de la mayoría de los hombres. Es usted perfecta, si me lo permite decir.
-Efectivamente, pero soy bajita y morena, lo de bajita no me preocupa pero me gustaría ser rubia natural y eclipsar a Marylin Monroe. ¿No tiene nada que pueda tomarme para conseguirlo sin esos engorrosos tintes?
-Se me ocurre la dieta del ajoblanco.
-¿La dieta del ajoblanco consiste en tomar mucho de esta exquisita sopa tan española y tan nuestra, a las que añadirá muchos nabos -no sabe usted lo bueno que son los nabos-, sobre todo sin están duros y turgentes...
-Algo me imagino. -Dijo P sonriendo.
-Cebollas blancas, rábanos pelados, huevos duros sin yema, en fin todo tipo de alimento blanco que le irá cambiando naturalmente el color de su pelo. También todas las revistas Ajoblanco que pueda encontrar y paquetes de folios, blancos por supuesto del Carrefour, todo eso a la Thermomix.
Penélope Cruz no podía contenerse de la risa. Menos mal que la voz de Almodóvar dijo corten en ese preciso momento.

viernes, 18 de agosto de 2017

LAS GAFAS DE RIHANNA


Raro es el día que no me llaman o abordan a la entrada o salida del centro de Salud o el hipermercado, preguntándome si no voy a resolver los males del mundo por la módica cantidad de 12 euros al mes.
En ocasiones me indican que los niños malviven y pasan calamidades ya sea aquí o en remotas tierras, allí donde las organizaciones modifican la realidad: Comisariado de las Naciones Lejanas; Paz Verde; El Osito; Galenos sin fronteras; Ningún niño sin su camiseta de Messi; Practicantes sin fronteras; Las niñas de San Damián; Mecánicos dentales sin fronteras; Productivos y Receptivos; Carpinteros sin frontera; Ninguna niña sin las gafas de Rihanna; Fruteros sin fronteras; Caridad y bondad... y muchos otros. 
Me dicen que en cierta ocasión participé en esto o en lo otro, pero lo que más me sorprende es que todos, digo todos, me piden una subscripción mensual de 12 euros, para resolver el problema concreto en que tales organizaciones se emplean. No quieren más ni menos, me pide exactamente 12 euros.
Estoy en paz conmigo mismo y con la humanidad toda porque con mis doce euros -exactamente 12 euros-, resuelvo toda la esclavitud infantil, toda la malnutrición, la educación, limpio todos los mares de plásticos y lavadoras viejas, ya todos los niños son Messi y ni una sola niña carece de las gafas de Rihanna.
Uno se siente alegre cuando pone el pie en la calle sabiendo que ha contribuido al bienestar de la humanidad. Por cierto, ¿habéis contribuido vosotros? Si no es así, sabed que el mundo va mal por vuestra culpa.

lunes, 31 de julio de 2017

POR HOY ES SUFICIENTE

Sé que no se lo creerá pero viéndome en esta situación límite de mi existencia me veo obligado a contarlo todo.
-La psicoterapeuta enarcó las cejas, corrigió las postura de sus gafas y se repantigó en su cómodo asiento. Antes de pronunciar palabra me fijé en el feo dibujo de Arlequín pintado muy posiblemente por una loca, por otra enferma como yo. Miré a la psicóloga y su silencio me atravesaba de lado a lado. Busqué en mi bolsillo superior izquierdo y toqué la pluma Waterman que ella me había regalado con tanto cariño, una estilográfica preciosa y además garantizada de por vida. Su tacto me devolvió cierta seguridad. Volví a mirarla y comencé a contar aquella historia. Sí, solíamos los domingos pasear por las calles de mi pueblo religiosamente, siempre hacía lo mismo, tras ducharme y vestirme, poco antes de las doce de la mañana, salíamos de nuestra casa y torcíamos a la derecha por nuestra calle de San Bartolomé por la acera de los pares y en dirección hacia La Placilla, pero nunca llegábamos a ella porque al llegar a la confluencia con Palacios, justo en la esquina, entrábamos en una taberna oscura y maloliente con el suelo espolvoreado de serrín y gente que no me parecían recomendables, pero me entusiasmaba aquel largo y estrecho mostrador que no superaba el palmo, montado sobre tablas separadas y tras éste varias botas de vino rotuladas con nombres que conocía pero nunca bebí, allí estaban la manzanilla junto al fino, oloroso y amontillado, sobre ellas moscatel, Pedro Ximenez y Palo Cortado. En la penumbra se podía oler el fuerte olor a orín que emanaba de un rincón, también algunos hombres fumaban tabaco negro sin boquilla de olor penetrante, sentados sobre viejos bancos individuales, la claridad de la puerta era la única luz que iluminaba aquella poco recomendable taberna. Cuando consideraba oportuno con la cabeza me indicaba que nos marchábamos y seguíamos por la calle Palacios, torcíamos por Nevería y Luna, compraba el España de Tánger y el TBO o DDT, atravesábamos la Plaza de las Galeras y nos adentrábamos en el muelle del Vapor.

Nunca supe cómo lo hacían pero aparecían simultáneamente y comenzaba un agradable paseo dejando el río en la mano izquierda, tras el Bar Liba había una tienda que me entusiasmaba y que tenía rotulada en grandes letras en la pared Efectos Navales. Estaba cerrada porque era domingo, pero yo sabía que dentro había un mostrador largo de madera que algún día estuvo barnizada y cientos de cajas y mecanismos, por aquí y por allá, rollos de cabos de distintos calibres, cadenas, rezones y carteles con los nombres de motores marinos, recuerdo uno llamado Diter de Zafra en Extremadura. Siempre me pregunté cómo allí alguien se dedicaba a marinar motores, no sé si llegué a preguntarlo pero nunca me contestaron, se limitaban a mirarme y sonreírme. Seguíamos y pasábamos por la puerta de la Cofradía de Pescadores y más tarde entrábamos en taberna de La Gaviota cuyo olor a meados no era mejor que la que antes le indiqué, menos mal que allí el tabernero se apiadaba de mi y cortaba sobre un papel trozos de mojama. Y volvíamos a emprender el paseo hasta llegar a la rotonda de La Puntilla donde todos nos quedábamos en silencio y me miraban, entonces yo debía decir el viento imperante, me orientaba para al final asegurarme que si el viento venía de las torres de Puntales era Sur, si procedía del Castillo de la Pólvora estaba claro que Poniente y si era al contrario Levante. Asentían con la cabeza y nos volvíamos. Ellos se alegraban porque sus enseñanzas estaban dejando pozo en mi.

-¿Qué sentía usted cuando acertaba? -Preguntó el psiquiatra.
-Paz, Teresa, mucha paz.
-Prosiga.
-Volviamos y en un caserón cochambroso situado justo donde ahora se ubica la Casa del Mar pintado de verde y lleno de remiendos de madera entrábamos. El ambiente era variopinto y el tabernero repetía siempre el mismo chiste: "El bitter Kas tiene 33 sabores pero el último sabe a mierda." Todos se reían y pedían otra ronda, yo estaba sentado desentrañando el España de Tánger que me apasionaba, el TBO me lo guardaba para la tarde. Y sepa usted que me decía: algún día yo mismo seré quien escriba estos artículos en la prensa y lo que son las cosas Teresa, eso se cumplió y además me pagaban por ello. -Por hoy es suficiente. Continuaremos el próximo miércoles. Se levantó y me acompañó amablemente hasta la puerta. Poco antes yo había colocado sobre la mesa 5.500 pesetas.

El sol tibio del invierno permitía una amable lectura del periódico tangerino. ¡Tánger está en Marruecos me decían! Marruecos está en Oriente y allí hay moros que beben té con hierbabuena y no usan zapatos sino babuchas o chancletas, van vestidos con túnicas y la mayoría de ellos pasean incansablemente por la ciudad. Nunca había estado allí, pero lo sabía todo sobre aquel lugar que editaba un diario tan bueno, si lo comparaba con nuestros ABC de Sevilla, El Correo de Andalucía, Ayer de Jerez, El Caso, Diario de Cádiz o la Hoja del Lunes todos se quedaban pequeños. Pasaba las manos sobre el rotativo y rápidamente las quitaba y volvía para ver si la tinta se quedaba en las manos, raramente ocurría. Sabía... Me quedé callado mirando de nuevo el feo Arlequín de la pared y esta vez la bicicleta en el rincón, qué mal pintado estaba, se notaba perfectamente que estaba hecho por una loca, por una enferma como yo.
-Decía usted algo sobre un periódico. Dijo la psicólogo.
-Sí, tiene usted toda la razón. Salí de mi ensimismamiento. El periódico España de Tánger era un tabloide a 7 columnas impreso a dos colores: negro y rojo. Digo bien negro y rojo, porque la mayoría estaba en negro y sólo cuatro páginas llevaban los titulares en un rojo desvaído. Nosotros aquí sólo teníamos un periódico impreso a dos colores que se llamaba El Caso que hablaba de crímenes, un semanario de Madrid que compraba mi madre para estar al día de todo lo morboso que pasaba, niñas secuestradas, maridos que disparaban sus escopetas de caza sobre sus esposas, tramas oscuras de maleantes que atracaban joyerías en Barcelona y Valencia, que eran indefectiblemente capturadas por las fuerzas del orden. Todos sabíamos que la policía española era infalible, pero a pesar de todo eso ya había aprendido que ese semanario era sensacionalista, poco fiable y muy del gusto del régimen franquista. Franco era un hombre al que llamaba excelentísimo, generalísimo y salvador de España, se llamaba Francisco y había nacido en El Ferrol del Caudillo, quizás por eso le llamaban "el Caudillo". Hablaba de vez en cuando por la radio cuando se acercaba la Navidad de las conquistas sociales innegables de nuestro país, de los centenares de miles de turistas extranjeros que nos visitaban en las costas catalanas, valencianas y malagueñas, de la fábrica Seat de Barcelona y de los logros de los deportistas españoles. Era un hombre pequeño, de aspecto amable al que todos saludaban, bien alzando la mano derecha o cuadrándose ante él, y lo hacían porque era el general del generales...
-Hablaba usted de Franco, le recuerdo.
-Tiene usted razón, hablaba de Franco y lo hacía porque él se hizo grande e importante en Marruecos, donde llegó a ser Alto Comisario y publicaban sus fotos y aparecía en el NODO montando a caballo cubierto con una capa blanca. A pesar de todo no me caía bien, prefería al Capitán Trueno... ¿se sorprende, cree que deliro? Por supuesto distingo realidad y fantasía, Franco mandaba en España pero Víctor Mora gobernaba en nuestros corazones. ¿Que por qué hablo de Franco? Está claro, clarísimo. Quienes mandan en el Protectorado tarde o temprano mandan en España y más tarde aparecerían en todos los libros de la asignatura Formación del Espíritu Nacional, aunque todos la llamásemos F.E.N. junto a don Pelayo, los Reyes Católicos y El Cid Campeador. Seguiré hablando de Tánger porque creo que me he disgregado, me habían contados mis hermanos que allí las calles estaban llenas de tiendas con aparatos electrónicos: radios, afeitadoras, tomavistas, jabones. Todo lo que usted pueda imaginar se vendía allí, fabricados en todos los lugares del planetas y los dueños de esas tiendas, -que eran indios de la La India-, no de los americanos de las películas, al abrirlas rezaban frentes a las cajas registradoras y depositaban pétalos de flores muy temprano en los cajones de las mismas. Lo hacían porque eso era bueno para el negocio. Mi hermano Manolo tenía un bolígrafo precioso, comprado en Tánger con una chica rubia en bañador y cuando se ponía al revés se desnudaba, pero eso por favor no se lo cuente a nadie porque era pecado. -
-Muy bien, por hoy es suficiente.
Ahora cuando miro los mecheros de plástico de usar y tirar, ésos que mi amigo Joaquín evoca en su Canción de las noches perdidas, afirmando "quema como el gas azul de los mecheros", recuerdo otros que tenía mi hermano o andaban por casa para encender el fuego, de martillo, metálicos y pesados, de gasolina, mecheros como antorchas en la noche. Veo su llama y me transporto a los atardeceres de verano cuando él se alejaba del kiosco con su lámpara de carburo en una mano y en la otra aquellas piedras y un martillo. Con la mano me indicaba que me alejase y por supuesto que le obedecía, pero me quedaba remoloneando por allí, viéndolo tronzar aquellas piedras grisáceas porque pronto, en cuanto las golpease convenientemente, se haría la luz en nuestro pequeño mundo de la playa. Ya casi todos se habían marchado y únicamente veíamos la intermitente señal de la boya en la escollera y en el horizonte Cádiz iluminada. Pero uno se acostumbra a las tinieblas y aprende a ver donde no hay luces, por eso conocía cada penacho de las olas por su espuma cadenciosa en la orilla. Ese momento era muy placentero. Luego volvía sonriente como siempre y aplicaba una cerilla de cartón al quemador y su llama azulina nos iluminaba. Ese momento era mágico para nosotros, por eso corría hacia la cantina y preparaba con alegría un gran vaso de Valdepeñas con gaseosa de los Espumosos Valdelagrana de nuestros amigos hermanos González. Feliz me dirigía hacia él y se lo llevaba, casi siempre se sentaba en la silla más cercana al hueco del portoncillo de los cañizos de poniente, porque allí la brisa era muy agradable. Ella nos miraba y en ocasiones se ofrecía para bañarse. Aunque nadie nunca me dijo nada ya intuía que ese momento era de ellos y únicamente de ellos, se iban alejando en mitad de la noche hacia la orilla y nosotros los contemplábamos jugando con las piedras al chalorín chalorán.
Mi hermana mayor tenía dos trenzas rubias como las llamas del candil de carburo y siempre me sonreía.
Los mayores procuraban acercarse al grupo de chavaleo donde estaban Pepe Palacios, José Antonio, Mima, Pepe el del Bar de la calle Arcos de Jerez, Pepi, Encarni y todas las muchachas de la playa. Ya no recuerdo Teresa si era nuestro primo o el de Jerez quien apuntaba en una lista los chistes que contaban cuando ya nos habíamos sentado en círculo sobre la arena fresca, justo entre nuestro kiosco y la caseta grande de Lucía y la Yoya, primas de mi padre.
Silenciosamente ellos volvían de bañarse mientras nosotros reíamos los mismo chistes una y otra vez. La marea nos arrullaba y la luz reflejada desde el horizonte gaditano rielaba por la mar con una gran belleza.
-Veo que evoca con alegría aquellos años. Dijo la psicoterapeuta.
-Claro que sí Teresa, claro que sí. No así los días cuando vencido el mes de Agosto ya se acercaba el tiempo de desmontar y volver a casa y al colegio, por entonces todavía no había decidido viajar a Sevilla para estudiar. A veces, con las grandes mareas, escuchábamos el ruido de un motor conocido, eran los pescadores de las jábegas que venían costeando y pescando al cerco las playas de Chipiona y Rota y el penúltimo lance lo hacían en La Puntilla. Parece mentira tantísimos marineros subidos en tenguerenge a bordo sobre el mojado aparejo, hombres silenciosos y abnegados, sólo se escuchaba la voz del patrón. En poquísimo tiempo establecían el cerco y largos cabos eran traídos a tierra, momento en que los niños nos agarrábamos a los cabos y nos hacíamos la ilusión de ser tan fuertes como ellos. Lo que no sabíamos es que eran muy pobres.
Abrí los ojos y tras Teresa, mi psicoterapeuta, las siluetas de los edificios formaban un bello recortable de Bahía Blanca.
-Por hoy es suficiente.
-Llegó como un Cristo-
Tambaleándose por la arena, sangrando por el pecho, la cara, las manos y los pies, llorando y avanzando a duras penas...
Era por la tarde y andaba vencido Agosto en La Puntilla con una gran marea vaciante. Los veraneantes iban moviendo sus sombrillas hacia la orilla pero a poco que echasen una cabezada ésta se les escapaba de la vista. Nosotros estábamos recostados contra la caseta grande donde dormían ellos y las niñas. Meli se estaba bañando o en cualquier círculo con sus amigas Encarni y Pepi, ambas veraneantes de Jerez y a la chica la teníamos bien controlada en su moisés trenzado de esparto, en el lugar más fresco del kiosco, cubierta por un lienzo de tul para evitarles moscas. Papá dormía en el sombrajo de atrás con la cabeza sobre un tronco de 10 x 10 cm. rendido de tanto meterle dinero al dueño de la bodega donde trabajaba, reventado.
Era por la tarde y el viento que durante la mañana se mantuvo echado sofocándonos, ahora daba bajeos de Levante y de vez en cuando sacudía los esterones con violencia presagiando un temporal. Ella me había dicho que abriese una tónica -entonces el agua tónica era medicinal-, que le venía bien porque sufría de la vesícula biliar. Me gustaba destaparle tónicas porque bebía muy poco y su sabor algo ácido me agradaba y además, contenía quinina que era muy bueno para evitar las fiebres palúdicas. Nadie sufría tales males, pero en las pelis de Hollywood la gente snob las tomaba y como yo era un discípulo nada menos que del Capitán Trueno y de Humphrey Bogart la bebía.
De pronto el viento dijo que estaba allí y se encresparon las aguas volviéndose verdes y los borreguitos de sus penachos se prolongaban hasta la boya de Las Puercas. Entonces es cuando llegó como un Cristo, aunque creo que ya lo he dicho. Mi psicoterapeuta asintió anotando algo en su libreta.
-¿Dice usted que llegó como un Cristo? ¿Puede ampliar ese pasaje de su vida? 
-Huele a temporal. Dijo él, vamos a retirar los cañizos y comenzar a refrescar la arena porque esta noche tendremos averías. Y tenía razón. LLegó como un Cristo. ¡Pobre muchacho con poco más de 30 años, sangrando copiosamente por todo su cuerpo, solo llevaba un pantalón oscuro con muchos cortes producidos por los arrecifes de ostiones del Aculadero. El viento había espantado a los veraneantes y únicamente nosotros aguantábamos, la marea seguía bajando. Trastabillando, con los ojos desencajados y sangrando, agotado y aterido apareció aquel muchacho procedente del Aculadero. En cuanto mi madre lo vio venir me ordenó buscar la caja con los avíos de los cortes y una sábana de las que guardaba limpias en el arcón, que era una caja de carne de membrillo de Puente Genil donde se tenía el algodón, esparadrapos, agua oxigenada, alcohol de 96º y el Cromer.
-¿Qué es el Crómer? Preguntó Teresa.
-A la mercromina para desinfectar la llamábamos así, por su nombre comercial. De igual forma que a los autobuses de Transportes Generales Comes los llamábamos "los Cosme". Pero seguiré contando que en cuanto que el muchacho llegó a la primera mesa se derrengó sobre ella y se cubrió la cara con las manos, pero ya ella estaba con el algodón y lo que tenía parándole la sangría.
-¿Qué te ha pasado hijo? Preguntó. El muchacho miró alrededor y no podía articular palabras, las lágrimas le llegaban a los labios y los cortes de la frente las teñían de rojo. ¿Qué te ha pasado hijo que vienes como un Cristo?
-¡Qué mala suerte tengo Dios mío, qué mala suerte tengo!
-Tranquilo, te curaremos. ¿Qué ha pasado?
-Que estoy perdiendo mi barco señora, que estoy perdiéndolo y lo compré no hace ni una semana y llevamos toda la tarde haciendo señales y nadie viene a socorrernos.
-¡Por Dios, por Dios y la Virgen Santísima qué barbaridad!
-Y eso no es lo peor, a bordo quedan dos marineros que no saben nadar y si nadie acude a socorrerlos se ahogarán en la canal del Puerto y a pocos metros de la playa. Dicho esto, rompió a llorar desconsoladamente.
Entonces todos los ojos se volvieron hacia la escollera y vimos como allí un juanelito de Huelva había encallado con la marea baja. Allí estaban otros dos marineros que no sabían nadar. Ya habían quemado los colchones y el temporal de levante golpeaba a la frágil embarcación contra las piedras, estremeciéndola, destrozándola. Menos mal que él se determinó y llamó a mis hermanos mayores y a Manoli para arrastrar el paterón de su tío Nono para ir a rescatarlos.
Porque los naufragios Teresa se producen en cualquier momento y a la vista de cientos de personas sin que ninguna de ellas acierte a darse cuenta.
Venía como un Cristo...
-Por hoy es suficiente.

--Allí nadie tenía reloj ni babuchas--

Se necesitaba estar en la mejor forma física para conseguir enarcar las cejas al unísono y detectar todas las conversaciones de aquel círculo endiablado, aunque de vez en cuando detectábamos intentos de mimetizarse por parte de ciertos roaizos pretendiendo imitarnos. No nos dábamos por enterados, practicábamos el viejo y noble arte de la displicencia y sonreíamos. Entre nosotros, los aborígenes, intercambiábamos miradas cómplices sin modificar las caras -así los engatusábamos-, hoy reconozco que en cierto modo éramos unos canallas, pero la universidad del atardecer nos había ya marcado para siempre, luego nos aprestábamos a buscar las herramientas que debían estar perfectamente pulidas para el ritual.

El color de la piel nos distinguía perfectamente, mientras ellos mostraban rosas encendidos en los hombros y cierto despelleje en las narices, nuestro bronceado tenía la pureza deslumbrante de los mestizos.

Y las manos se movían con esa sorprendente habilidad que únicamente tienen los prestidigitadores, aprendidas de tantos atardeceres contemplando ponerse el sol entre los arrecifes del Aculadero y las airosas copas de los pinos, por eso todos nos conocíamos y reconocíamos como de la mejor vinculación playera, fundidos en ardientes crisoles de arena.

Las manos, ésas que van al pan.

Allí nadie tenía reloj ni babuchas sólo ojos, miradas acostumbradas a los rayos verticales del mediodía y a las sombras alargadas de la tarde, mientras las boyas nos barrían con sus ráfagas indefectiblemente cada cierto tiempo -que nuca supimos cuánto era-. No nos preocupaba, sabíamos que al llegar las tinieblas desde la orilla, era el momento de sentarnos en círculo, sacar nuestras achatadas y pulidas piedras y repetir el mantra que habíamos recibido de nuestros antepasados.

-Alredor de un fangal. Chalorín y chalorán. San Pedro como era calvo le picaban los mosquitos Ito ito...

Así, noche tras noche.

Nuevamente volví a depositar con suavidad 5.500 pesetas sobre su mesa. Sabía que fuera, en Bahía Blanca, la tarde había dado paso a los primeros compases de la noche y debía dirigirme hacia la calle donde mi fiel 505 permanecía aparcado. Caso que alguien notase una lágrima deslizándose por las comisuras de mis ojos, simularía que alguna mota de polvo lo había producido.

-Por hoy es suficiente. -Dijo la psicoterapeuta acompañándome hasta el ascensor.

lunes, 17 de julio de 2017

¡AY DIOS, QUÉ INGRATA ES LA ENSEÑANZA SUPERIOR ESPAÑOLA!

-No. Os estáis equivocando, los grandes problemas de la sociedad española no son la corrupción, el paro, la precarización y explotación laboral, que las familias decidan no tener hijos, la nula capacidad de innovación y exportación de nuestros productos, la drástica disminución de las ayudas sociales, el abandono de los programas para la dependencia, la minoración de los recursos para la Seguridad Social, la pérdida de las libertades, el chabolismo, los desahucios, la cada vez más inestable posición de nuestra banca, el cortejo de personajes públicos, concejales, alcaldes, presidentes de diputaciones, diputados, ministros e incluso miembros de la Casa Real desfilando por los juzgados por corrupción, la dificultad extrema de nuestras empresas a acceder a créditos ventajosos, la cada vez menor aportación de los trabajadores y empresas a los fondos públicos, el exacerbado déficit del Estado, que se nos vayan los jóvenes a la emigración después de haber invertido en ellos hasta conseguir su calificación profesional superior, la pérdida de recursos de las familias, los préstamos congelados, los parados de larga duración sin subsidio alguno...
-No, os equivoquéis queridos alumnos, el peor de los problemas que tenemos es -y esto lo digo muy seriamente- se reduce a tres asuntos: la mancha de aceite que acabo de echarme en la camisa por los churros del desayuno; el desmembramiento nacional y el secesionismo independentista de Cataluña y las revueltas en Caracas en Venezuela, que por cierto -todo lo tenéis en los apuntes-. (Un momento por favor que tengo una llamada urgente). (Sí, sí, sí, ahora mismo les estoy hablando de ello. ¿Todo el rollo de siempre supongo? Vale, vale.)
 -Disculpadme la interrupción ¿alguna duda sobre el tema?
 -Profesor, pero lo que dice no es lo que sociedad percibe, noto cierta parcialidad en su discurso, creo que...
-¡Calla coño si es que no aprendéis nada, intento con mi elocuente pedagogía explicaros las cosas, pero no hacéis caso, sólo os preocupan los porros, las litronas, follar y el cachondeo! ¿Cómo pretendéis en el futuro llegar a ser sociólogos de pro como yo? Y además una cosa te voy a decir Pérez, como sigas molestándome preguntando inconveniencias en mis clases, mejor que le chupes al chulo al propietario del bar de copas donde sirves los fines de semana, porque ahí te vas a morir, te aseguro que mi asignatura no la apruebas. ¡Ay Dios, qué ingrata es la enseñanza superior española!

jueves, 29 de junio de 2017

LO NIEGO TODO

-¿Dice usted que es escritor?
 -Nunca, nunca he dicho eso.
 -Aquí dice que usted es escritor.
-Juro que eso nunca lo he escrito yo, deben ser mis enemigos.
-Pero además, no contento con decir que es escritor también dice que es poeta.
-¿Poeta yo? ¿Cuándo, cuando he dicho algo así? Eso es más falso que el programa electoral del PP.
-Calle so mentiroso que aunque lo niega aparecen incluso libros publicados.
-Pero de eso hace mucho señor inspector, todos tenemos derecho a equivocarnos alguna vez, pecados de juventud. -
Veamos, ajá ya lo tengo, está incluido en una antología de Almería.
-Olvídese de eso señor inspector, en Almería no lee nadie, allí lo que interesa son los pimientos, tomates, pepinos y brócolis congelados.
-También en la Diputación de Cádiz.
-¡Pero eso fue a traición lo juro! Pura envidia.
-Y el ayuntamiento del Puerto.
-¡Pero era para fardar con las chavalas!
-¿Pero cómo se atreve a insultar mi inteligencia también aparece en otra de la Junta de Andalucía? ¿Pero qué ven mis ojos, un poema suyo fue la contraportada de un Congreso del Partido Comunista?
 -Alguien que me habrá suplantado señor inspector.
-¡Basta ya, cómo se declara!
 -"Lo niego todo aquellos polvos y estos lodos lo niego todo Incluso la verdad*."

 (*) Joaquín Sabina -Lo niego todo.